domingo, 10 de marzo de 2013

vendedor part-time



- Y tus vacaciones, ¿qué tal? –me pregunta Sergio.
- Pues, leyendo todo lo que no pude leer el año pasado y claro, también, trabajando –respondo yo.
- ¿Dónde estuviste trabajando, perro?
- En el Portal La Dehesa, como vendedor part-time.
- Eso queda muy arriba y muy lejos de Santiago -comenta Sergio, con cierta mezcla de sorpresa y nausea.

Ahora que me pongo a pensar otra vez, La Dehesa, es otro mundo a comparación del centro de Santiago. O una galaxia diferente a otras comunas de Santiago (La Pintana, Puente Alto, por citar unos ejemplos). No sólo por la distancia o porque está en las faldas de la Cordillera de los Andes, sino más bien por la gente que vive allá arriba y lejos de Santiago. Es gente con un estatus socio-económico alto; high, para los que gustan utilizar vocablos en inglés para describir una situación determinada –que por cierto no son pocos en Santiago.

Esta gente no se moviliza en el Transantiago, odiado por el 99% de la población, y querido sólo por un 1% (los dueños de las empresas de buses). La gente de La Dehesa usa auto, camioneta, bicicleta, patineta, o cualquier otro medio de transporte, pero nunca usa el tan odiado y poco querido, Transantiago. Todos los domingos viajaba una hora y media desde mi casa (Santiago centro) hasta La Dehesa, arrumado como si estuviera en una lata de sardina, junto a varias personas que en más de una oportunidad tuve que soportar un codazo en la espalda o una rodilla en la cabeza, e incluso un toqueteo indecente de una viejita que fácilmente podría ser la esposa del viejito pascuero.

La gente que vive en el sector de La Dehesa no tiene reparos en pagar $200.000 en una visita relajante al supermercado, o pagar $80.000 pesos por un pedazo de tela que después que le caiga una gota de vino tinto, quizás no la vuelva a usar.

Pero, más allá de las lucas que puedan o no tener (lo segundo caso es poco probable), esta gente es relajada. O quizás me equivoque, o mi punto de vista este un poco sesgado, ya que al trabajar como vendedor en un mall, la gente ya llega relajada porque, valgan las verdades, ir de compras es casi tan placentero como una fantasía sexual hecha realidad (de lo contrario, las compras solo se harían por internet, pienso).

Recuerdo que una vez me tocó atender a una señora de cincuenta años, pero por su comportamiento –risas por aquí y risas por allá- parecía de treinta. Hablaba todo el rato por celular. Cuando le di el monto de su compra ($500.000 pesos) parece que no me escucho, o quizás ya estaba acostumbrada a escuchar esos numeritos con varios ceros, poco usuales para un santiaguino promedio. Después me paso su tarjeta red compra. Una vez aprobada la transacción de la venta, le devolví su tarjeta, a la señora de cincuenta años pero que parece de treinta, la tomó y se fue de inmediato. Y esto quizás me hace pensar una vez más que la gente de La Dehesa es tan relajada (y distraída) que hasta se olvida su comprobante de pago por $500.000 pesos.

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