domingo, 23 de junio de 2013
lunes, 27 de mayo de 2013
Apuntes autistas de Fuguet
Cuando a Michel Foucault le
preguntan: “¿qué es un libro?”. Él responde: “Una caja de herramientas”. Si.
Una caja de herramientas para que cada quien lo use como mejor le plazca o lo
adecue a sus intereses.
Sin embargo, el hecho que un
libro sea una caja de herramientas significa muchas cosas. Una de ellas está
referida a que no hay que idolatrar a los libros. Hay que disolver aquel
respeto cuasi-reverencial a eso que llamamos libro. Otro significado,
y el que me gustaría destacar, es el referido al libro como herramienta del lector (sea este, estudiante, escritor u otro).
De lo anterior el libro
herramienta deja de ser un fin en sí mismo y se convierte en un medio. Ahora, como herramienta, uno lo utiliza para fabricar -digámoslo de esta manera- un artefacto cultural (un libro, un ensayo, un artículo, etc-). O para decirlo de manera radical, y citando al mismo Foucault, hay que ver a los
libros como una bomba molotov que ayude a derribar obstáculos para que uno siga avanzando en su camino.
Podríamos agregar un tercer
sentido al libro-herramienta, y es el referido a que al ser el libro una caja de
herramientas implica significa que su uso adecuado dependerá mucho de la experticia del
lector. Es decir, las bondades del libro-herramienta serán bien
aprovechadas siempre y cuando el lector sepa utilizarlo con sus propias manos. Con esto no quiero decir que hay libros sólo para una determinada casta.
No. Lo que trato de decir es que hay herramientas (libros) que los utilizamos de inmediato y, también, hay
otras herramientas que requieren paciencia para poder usarlos como herramientas (creo que aquí los manuales pueden ser inútiles).
El libro Apuntes autistas de
Alberto Fuguet, publicado el año 2007, es perfectamente una caja de
herramientas para uso inmediato. Las herramientas que ofrece Fuguet no es para un
público erudito o un público especializado en literatura, sino más bien para un
público que recién comienza a recorrer los precipitados senderos de la
escritura; que está interesado en el “detrás de cámaras” de la escritura. Esto no hace menor al libro, sino más bien todo
lo contrario, hace justicia al título que lleva el libro (Apuntes...).
Apuntes autistas puede ser visto de
diferentes maneras. Para mí se acerca más un hermoso collage de
ideas, entrevistas, crónicas, historias, relatos, testimonios, etcétera. En
donde abundan muchos datos valiosos, sobre todo, los referidos al tema de la iniciación de la escritura.
Desfilan en el libro muchos
autores latinoamericanos y norteamericanos. Así como también directores de cine y guionistas. La combinación de esos dos mundos, cine y
literatura, está bien hecha, gracias a la pluma de Alberto Fuguet.
Por último, este
libro-herramienta, también puede devenir en un libro-mapa. Lo digo porque de
principio a fin son muchas las ciudades que Fuguet menciona, principalmente,
Santiago, Nueva York, California, Austin. La relación no es casual, sino más
bien coincidencia, ya que el autor vivió en California y Santiago (actualmente radica en esta ciudad). Entonces, el lector podrá recorrer algunas calles o avenidas de ésas ciudad, o librerías o salas de cine, con un guía de lujo.
miércoles, 8 de mayo de 2013
crónica de una marcha anunciada
- "¿Vas mañana a la marcha?", dice un mensaje de texto que me acaba de enviar Vicho.
La pregunta no es menor, ya que una marcha estudiantil aquí en el Gran Santiago significa experimentar el acto de inundar las calles; de tomar un "baño de multitud"; de bailar al ritmo de la batucada; de comer limón con cáscara antes que me llegue al rostro el gas lacrimógeno.
Miércoles 11:00 hrs. me encuentro en la Alameda marchando por una educación pública, gratuita y de calidad. Vicho, muy puntual, también. Pero además de nosotros hay miles de miles de personas congregadas por esta causa (según los organizadores 80.000 personas).
Una marcha estudiantil puede ser vista como un termómetro social, porque mide desde el grado de indignación hasta el grado de conciencia de los derechos ciudadanos. En ese sentido, esta marcha demuestra que los estudiantes no piden sino más bien exigen un derecho fundamental: educación-pública-gratuita-y de calidad.
Pero las marchas aquí a diferencia de Perú, no se reduce al grito y a las "palmas compañeros". Es una fiesta. Hay grupos de batucadas, de baile, de danzas de pueblos originarios. No es necesario gritar toda la marcha, ya que cambiando lo que hay cambiar eso sería una procesión (como ocurre en Perú). Según Vicho, a inicios de los '90 la marcha se vuelve más "entretenida". Así es que guardo la esperanza que algún día ese cambio pueda darse también en Perú.
Me encuentro con otro amigo, Joaquín, y me dice que recién el año 2011 en adelante el tema de la educación se convierte en un tema central para el Estado, aunque ello no signifique que se haya resuelto los principales problemas de fondo. Y justamente por eso ahora estamos marchando, para conseguir las principales reformas, una de ellas, el acceso universal a la educación para todas las personas de forma gratuita y que sea de calidad, ya que actualmente ser profesional en Chile implica endeudarse casi de por vida para financiar una carrera profesional.
Mientras vamos avanzando, Vicho se encuentra con un grupo de amigos, entre ellos, hay una alemana. Se llama Patricia, es profesora de educación diferencial y habla un español-chileno casi perfecto. Ella me cuenta que le gusta las marchas, yo respondo que a mí también, y que si en un mes no se organiza otra pues lo organizaremos los dos. Se ríe, y me muestra una hermosa sonrisa adornada con dos ojos azules. Patricia me dice que lo único que no le gusta de las marchas es la intervención salvaje de la policía con el uso de gases lacrimógenos.
- Allá en Alemania -dice Patricia- la policía antes de intervenir con gases lacrimógenos da un aviso para que la gente pueda retirarse (por ejemplo, madres con hijos), y no quede "la cagá". Yo quedo sorprendido con lo que me cuenta, mientras aquí la policía es sinónimo de excesos, allá, en cierta forma, es sinónimo de orden, incluso antes de reprimir a los manifestantes.
Llevamos casi dos horas marchando y al fin llegamos al final del recorrido. En el escenario está cantando Manuel García. Hay muchísimos tarareando la letra de sus canciones. Pero, a un costado del escenario, hay un enfrentamiento entre "encapuchados" y la policía. Estos últimos comienzan a lanzar gases lacrimógenos y a usar un carro lanza-agua para dispersar, no sólo a los encapuchados, sino a todas las personas que marchamos.
Ante esto, Vicho, de manera muy razonable, me dice, "vamos antes que quede la cagá". Yo respondo vamos, hoy no traje limones.
Me preguntaba
Me preguntaba de
qué color era tu pelo. Era tan oscura mi pieza que para caminar había que usar
el celular, desafortunadamente, aquel día, el aviso de corte de luz llegó antes
que tu visita.
Cuando desperté ya
no estabas, lo único que encontré fue unas manchas de pintalabios en mi cuello
y varias marcas de tus uñas en mi espalda.
Ahora que lo
pienso nuevamente, echado en mi pieza oscura, quizás solo fuiste un sueño. O mejor
dicho un recuerdo que solo se hace presente en mis sueños.
jueves, 18 de abril de 2013
pequeñas notas de otoño
METRO EN HORA PUNTA
Son las ocho y media de la mañana, y me encuentro en la
estación de metro Baquedano. Mientras camino rumbo al andén para subir al tren,
veo que muchas personas no caminan, sino corren. La meta es lograr subir, a
como dé lugar, al tren.
Se abren las puertas del tren, y un río de gente sale. Después
de esto, un tsunami de gente entra con fuerza al tren. Una señora, de unos 70
años, dice: “estos no parecen humanos”. Yo intento hacer un comentario a la
señora, pero su rostro es ya una respuesta anticipada a lo que no alcanzo a
decir.
PARQUE FORESTAL
Las hojas de los árboles, por estas fechas en Santiago, no
son verdes sino más bien doradas. Pasear por el Parque Forestal es casi un
espectáculo. Corre una ligera corriente de viento, y junta a ellas cientos de
hojas la persiguen.
El sol más que un enemigo de verano, ahora es un adorno del
día que ofrece su grata compañía. Cuando las nubes toman por asalto el cielo,
el día comienza a hacerse corto, y de repente todos quieren irse a casa.
BIBLIOTECA DE PROVIDENCIA
La señora del aseo de la Biblioteca dice con cierto enojo: “los
chicos sólo vienen a comer a la biblioteca, ya no vienen a estudiar. Aquí duermen,
comen, tienen agua, baño, confort, toalla nova, electricidad… No les falta nada”.
Cierto. La biblioteca puede ser para algunos su segunda casa. Aparte de estudiar,
está también la conversa con los amigos; el fumarse un pucho cada cierto rato;
el almuerzo en la calle; el café de 400 pesos; la ensalada de frutas de 800 pesos que venden
en el mercado que esta a lado; la chica que aún no le hablas, pero que ya cruzaste más
de una mirada; las peleas por el ruido causado por alguien que –pequeño descuido-
olvidó apagar o poner en vibrador el celular; la dulce siestecita sobre la mesa,
(siempre y cuando no ronques, ya que la mínima bulla es detectada con facilidad
por los demás).
Estas, por ahora, son algunas pequeñas notas de Otoño.
domingo, 10 de marzo de 2013
vendedor part-time
- Y tus
vacaciones, ¿qué tal? –me pregunta Sergio.
- Pues,
leyendo todo lo que no pude leer el año pasado y claro, también, trabajando
–respondo yo.
- ¿Dónde
estuviste trabajando, perro?
- En el
Portal La Dehesa ,
como vendedor part-time.
- Eso queda
muy arriba y muy lejos de Santiago -comenta Sergio, con cierta mezcla de sorpresa
y nausea.
Ahora que
me pongo a pensar otra vez, La
Dehesa , es otro mundo a comparación del centro de Santiago. O
una galaxia diferente a otras comunas de Santiago (La Pintana , Puente Alto, por
citar unos ejemplos). No sólo por la distancia o porque está en las faldas de
la Cordillera de los Andes, sino más bien por la gente que vive allá arriba y
lejos de Santiago. Es gente con un estatus socio-económico alto; high, para los que gustan utilizar vocablos
en inglés para describir una situación determinada –que por cierto no son pocos
en Santiago.
Esta gente
no se moviliza en el Transantiago, odiado por el 99% de la población, y querido
sólo por un 1% (los dueños de las empresas de buses). La gente de La Dehesa usa auto, camioneta,
bicicleta, patineta, o cualquier otro medio de transporte, pero nunca usa el
tan odiado y poco querido, Transantiago. Todos los domingos viajaba una hora y
media desde mi casa (Santiago centro) hasta La Dehesa , arrumado como si
estuviera en una lata de sardina, junto a varias personas que en más de una
oportunidad tuve que soportar un codazo en la espalda o una rodilla en la
cabeza, e incluso un toqueteo indecente de una viejita que fácilmente podría
ser la esposa del viejito pascuero.
La gente que
vive en el sector de La Dehesa
no tiene reparos en pagar $200.000 en una visita relajante al supermercado, o
pagar $80.000 pesos por un pedazo de tela que después que le caiga una gota de
vino tinto, quizás no la vuelva a usar.
Pero, más
allá de las lucas que puedan o no
tener (lo segundo caso es poco probable), esta gente es relajada. O quizás me
equivoque, o mi punto de vista este un poco sesgado, ya que al trabajar como
vendedor en un mall, la gente ya llega
relajada porque, valgan las verdades, ir de compras es casi tan placentero como
una fantasía sexual hecha realidad (de lo contrario, las compras solo se harían
por internet, pienso).
Recuerdo
que una vez me tocó atender a una señora de cincuenta años, pero por su
comportamiento –risas por aquí y risas por allá- parecía de treinta. Hablaba
todo el rato por celular. Cuando le di el monto de su compra ($500.000 pesos)
parece que no me escucho, o quizás ya estaba acostumbrada a escuchar esos numeritos
con varios ceros, poco usuales para un santiaguino promedio. Después me paso su
tarjeta red compra. Una vez aprobada
la transacción de la venta, le devolví su tarjeta, a la señora de cincuenta
años pero que parece de treinta, la tomó y se fue de inmediato. Y esto quizás
me hace pensar una vez más que la gente de La Dehesa es tan relajada (y distraída) que hasta se
olvida su comprobante de pago por $500.000 pesos.
jueves, 24 de enero de 2013
Carta a un familiar
Querido Primo:
Me acabo de cambiar
de casa. La anterior, como te conté, la compartía con cuatro personas, y los
conflictos siempre eran los mismos: ponernos de acuerdo para usar la ducha;
pelearnos por la cocina; los carretes (fiestas) durante la semana. Aunque debo
de precisar que esto último terminaba uniéndonos, y nos hacía olvidar las otras
dos cosas.
Ahora vivo en un
departamento para mí solo. Quién lo iba a pensar. Yo que siempre viví
acompañado de la familia y amigos, sean estos conocidos o desconocidos. La gran
ventaja de vivir solo es que nadie te hace levantar en la mañana, pero -al
mismo tiempo- la gran desventaja es que como nadie te despierta, puedes llegar
tarde al trabajo (me pasó la semana pasada, y ahora ya no me fio de los
despertadores).
Al acomodar mis
cosas en mi nuevo departamento fui sacando los libros y sin darme cuenta vi que
ya tengo algo de treinta y dos libros. Todos de literatura, excepto uno que es
de derecho. Una vez terminado esto, instalé el netbook en el escritorio. Todo
esto me hizo recordar a tu viaje a Córdoba, Argentina, hace siete años. Te ibas
–recuerdo- decidido a terminar tu novela. En tu maleta había solo dos cosas:
libros y una máquina de escribir. Necesitabas un espacio y, sobre todo, un
ambiente estimulante para escribir. Eso, Lima, no te lo ofrecía.
Recuerdo que no
duraste mucho tiempo en la Argentina, las dificultades económicas te hicieron
retornar, pero luego me confesaste que ésa no fue la razón, sino más bien fue
la nostalgia por el Perú lo que termino haciéndote cambiar de decisión.
En mi caso, no sé
si me vine a Santiago para escribir sobre el Perú, con la distancia y a la distancia
que uno necesita para escribir algunos recuerdos o historias. Tampoco sé si me
vine “a probar suerte”. (La suerte puede ser más una compañía que un norte).
Solo sé que me siento bien en Santiago. Me gusta sus árboles gigantes hechos de
cemento; el alboroto de su gente antes y después de salir del trabajo; el ruido
de sus calles y avenidas; sus peatonales: Ahumada, Estado y Huérfanos; el
hormiguero de autos cuando hay fines de semana largos (como el dieciocho de
septiembre); su atardecer de verano que parece que alguien hubiera derramado
una copa de vino en el cielo; su río Mapocho que más parece una vena sin el
cual el corazón de la ciudad no funciona; su cordillera; su vino. Lo único que
quizás no me gusta son las filas largas que uno tiene que hacer en los
supermercados. Esto aparte de desesperante, da la sensación de estar
secuestrado –en cierta forma- voluntariamente. Otra cosa que no me gustaba era
encontrar más cajeros automáticos que teléfonos públicos, hasta que abrí una
cuenta de banco y compré un celular.
Quizás quieras
saber más de Santiago, por ejemplo, cómo son los santiaguinos y las
santiaguinas (o cómo es el trato entre chilenos y peruanos), pero de eso ahora
no puedo comentarte, prefiero hacerlo en otra carta para así poder explayarme
más.
Un abrazo hermano!
sábado, 3 de noviembre de 2012
Al día siguiente de la celebración del Descubrimiento de América (12 de octubre), comenzaba un encuentro de músicos cultivadores de la música andina de Sudamérica, estos músicos, por sus instrumentos, son conocidos como "Lakitas". Hubo bandas de Iquique, La Serena, Santiago y Buenos Aires. La fiesta se realizó en el Cerro Blanco de Santiago, duro dos días, y los que participamos en dicha fiesta seguimos celebrando de esta fiesta andina, pero en nuestros corazones.
ritual del pago a la pachamama
noche de bienvenida al 4to. encuentro de música andina, Lakitas
segundo día de fiesta (8:00 a.m.)
hermanos lakitas de Argentina
Pancha, Pancho y un músico despidiéndose antes de partir
músico andino
Conversaciones franciscanas
“Uno cocina mejor en su propia
cocina”, dice Pancha. Encuentro tan acertada la frase de Pancha, que dejo solo
a Francisco a cargo del almuerzo, ya que estamos reunidos en su departamento. Mientras
tanto sigo conversando con Pancha sobre el libro de José Ortega y Gasset, “La
rebelión de las masas”. Dicho libro, cuando lo leí, en mis tiempos de
estudiante de derecho, me gusto mucho, incluso pensé que la sociedad peruana
podría ser perfectamente un “hombre-masa”.
Hace poco lo releí atentamente el
libro, y encontré cosas que ahora, sinceramente, me causan rubor el no haberme
dado cuenta cuando lo leí por primera vez (por ejemplo, cuando don Pepe señala “las masas gozan de los placeres y usan los utensilios inventados por los grupos selectos y que antes sólo éstos usufructuaban”).
Ahora bien, si contrastamos este libro con otro, por ejemplo, “La misión de la
universidad”, encontraremos muchos puntos acertados, como la crítica a la “especialización”
en la formación universitaria, en desmedro de una formación integral que
incluya como pieza clave a las humanidades.
Entre comentarios, críticas y
risas, llegamos a la conclusión que a Ortega hay que leerlo con atención y
cuidado, (y creo que esto se puede extender a cualquier otro autor). Y yo
añado, aunque parezca una defensa, que en habla hispana, en las décadas del 20
y 30, Ortega jugó un papel importante en la filosofía, prueba de ello es la
fundación de la “Revista de Occidente”, en donde desfilaban muchos autores europeos
y sus obras sobre filosofía, política, historia y literatura. Es decir, hizo un
aporte en la difusión de ideas, tanto propias como de otros; “La Rebelión de
las masas” apenas representa un parte de su obra.
Está, por fin, listo el almuerzo.
Dejamos la filosofía y hablamos otros temas. Encuentro exquisitos los tallarines
o, quizás, la compañía de dos grandes amigos y la conversación nos hacen
olvidar de todo o son un ingrediente más del almuerzo.
martes, 2 de octubre de 2012
El profesor y Nueva York
Ha pasado más de una hora y me doy cuenta que el profesor
no tiene una pauta de su clase. Sólo improvisa y se dispersa, y a ratos se ríe de
sí mismo y de los demás. Luego dice “¿hay preguntas?” Pues claro que las hay, pero
estas son igual de dispersas que las clases del profesor porque cada estudiante
pregunta lo que “más” le interesa, y no preguntan algo que pueda interesar a toda la
clase.
La clase está a punto de terminar, y esto puede parecer un gran
alivio o una decepción, por las expectativas generadas. Sin embargo, ocurre
algo muy extraño, el profesor comienza a recomendarnos una lista de libros para
leer. Aquí, al menos, es ordenado y preciso porque justifica cada libro y a
su respectivo autor. Destaca lo más importante, y lo relaciona con nuestra
clase. La única pregunta que tengo en mi cabeza en este momento es: ¿por qué no
comenzó la clase así de claro y ordenado? No obstante, ahora, eso no importa,
la lista es buena y salva en algo la alicaída reputación del profesor.
Hoy encontré uno de los libros sugeridos, y miren lo que
encontré, una breve, sencilla, y particular forma de hablar sobre una ciudad.
"Es un mito; la ciudad, los cuartos y las ventanas, las
calles que escupen vapor; un mito diferente para todos y para cada uno, una
cabeza de ídolo con ojos de semáforo, que va haciendo guiños de un verde tierno
o de un rojo cínico.
A esta isla –flota en el agua dulce como un témpano diamantino-
llámala Nueva York, o dale el nombre que quieras; éste apenas si importa porque
quien entra en ella desde la realidad mayor que es cualquier otra parte va sólo
en pos de una ciudad, de un lugar donde esconderse, donde perderse o
encontrarse a sí mismo, donde construir un sueño en el que pruebas que tal vez,
después de todo, no eres un patito feo, sino un ser maravilloso y digno de
amor, como lo pensaste cuando te sentabas en el porche frente al cual pasaban
los Fords; como lo pensaste cuando planeabas tu búsqueda de una ciudad."
Truman Capote, “Nueva York” (Color local)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



