La grandma tiene una casa de madera,
Y a su alrededor hay un huerto, varios árboles, un columpio, y muchos gatos blancos.
En la terraza de la casa hay asientos y un termómetro del tamaño de un reloj de pared.
Frente a la casa hay una vista al horizonte,
y en el medio de éste,
Campos de maíz,
Que por su color verde tostado,
Parece un piso intermedio entre el cielo y la tierra.
Dentro de la casa de la grandma
Siempre hay una taza de café amargo,
Y un delicioso blueberricoffeecake.
jueves, 14 de agosto de 2014
martes, 5 de agosto de 2014
EN EL DIA DE TU CUMPLEAÑOS
No te
olvides que llegaste a la cinco de la mañana, y nadie te esperaba en el
terminal de buses, excepto el invierno de la ciudad, y un taxista que te cobro
el doble.
No te
olvides de aquella tarde -casi ya de noche- en que te perdiste en las
inmediaciones de la Estación Mapocho. Andabas con un Mapcity. Sin embargo, este no fue suficiente, y lo que realmente te
ayudo fue aquel viejo que detuvo su marcha para decirte que la dirección que
buscabas era otra diferente a la que te dirigías.
No te
olvides que tus primeros amigos fueron una secretaria y una recepcionista de
hostal. La primera suspendió su jornada de trabajo por un cuarto de hora para
hablarte de la comida peruana, los Inkas, y otras “maravillas”. La segunda, más
que una recepcionista, una amiga dispuesta a guiarte, para que sortearas sin
muchos problemas, la vorágine de la ciudad.
No te
olvides de aquel libro de cabecera (“El pez en el agua”) que fue el mejor
remedio en un turbulento mes.
No te
olvides de aquella primera biblioteca que encontraste en un paseo en el Parque
Forestal, la cual te impresiono mucho, (casi hasta te da un infarto). Ahora la
vez modesta; pero en aquel entonces, el solo pasear por sus estantes, y el solo
tocar los libros con tus propias manos, te provocaron una especie de retorno al
juego de la lectura. Ahora conoces otras bibliotecas, que tienen pisos y pisos de libros. Paseas entre sus estantes
con la misma impresión de aquella primera vez; a veces, casi ni te sorprende,
gracias, a aquella primera experiencia.
No te
olvides de la comunidad flanerística, de los amigos y de aquellos humos, atravesados
por preguntas acompañadas de muchas carcajadas. En esa comunidad, casi
hermandad, el verdadero idioma era la fraternidad.
No te
olvides de la señora Ardilla, y de aquellas conversaciones, pasada la
medianoche, y de aquella vez en que desmitifico al Quijote leyéndote un poema
de R. Dario.
No te
olvides de tu primer trabajo (un oficio). Tenías horario de oficina, café express, un jefe bueno para nada, etc. Más
allá de todas esas cosas –tienes que reconocerlo- tu trabajo era casi un
premio. Efectivamente, vendías libros pero antes de venderlos tú los leías
primero. Y como no mencionar a los compañeros de trabajo: dos argentinos y una
persona que vino de España. Esta última, cómo decirlo, te hizo ver lo que significa
ser extranjero en tu propia tierra. Sin esos compañeros tú trabajo habría
devenido en una completa rutina.
No
te olvides de los “carretes”. Entre ellos, aquel salón de baile para bailar
salsa. Antes de encontrarlo, jurabas que solo volverías a bailar cuando
regresaras al reino de Ancat. Menos mal que esa absurda idea duró poco tiempo,
porque ahora bailas cuando tocan Chico Trujillo (como en aquel año nuevo con los Panchos).
No te
olvides, ahora que estás de cumpleaños, del gran Santiago y de su aniversario (su
cumpleaños). Tú no le regalaste nada, pero quizás él sí algo a ti. Saliste solo a la calle, y encontraste una mirada soñada.
(…)
Recuerda todas estas cosas como un comienzo, un punto
de partida, y ten presente aquellas palabras del poeta de Alejandría: Ítaca
nunca te prometió nada. El viaje, y todo lo que aprendiste, es lo mejor lo que
te pudo dar.
(foto: en el bar The Mill de Iowa City, no muy borracho, feliz de haber encontrado una rockola con música jazz).
lunes, 28 de julio de 2014
BUEN HUMOR PARA EL MAL TIEMPO
Lo que no puedes descartar, u olvidar, es que cada viaje que emprendes es casi como un juego, y muchas veces tú no eres el que tiras los dados; sino, a veces, el azar.
Tenía planeado llegar a Chicago a las 11:30 a.m. (hora local), pero el vuelo que me llevaba allí fue cancelado por el mal clima que había en Dallas. Antes de enterarme de aquella noticia, había pasado con éxito una engorrosa revisión migratoria y aduanera. Dallas era la ciudad en que arribaba mi vuelo desde Santiago. Quizás esto debería ser un asunto menor, sin embargo, no lo es cuando lo haces por primera vez. En algunos rostros veía una naturalidad durante el proceso de revisión: poner todas sus cosas (billetera, correa, celular, etc.) en una bandeja de plástico, y luego quitarte los zapatos –en mi caso, zapatillas- y atravesar descalzo por una maquina que me imagino es para saber si llevas drogas o armas.
Luego de la revisión migratoria y aduanera busqué la puerta de embarque de mi vuelo a Chicago. Es ahí cuando me entero que éste fue cancelado, por el mal tiempo. Efectivamente, aquí en Estado Unidos es verano, pero quien puede librarse o predecir fácilmente este tipo de situaciones climáticas. Desde el aeropuerto de Dallas podía ver el cielo nublado y la lluvia que había afuera. “Caballero, nomás” –me dije a mí mismo.
- Excuse me, do you speak spanish?
- No, I don’t. Sorry.
Si no hablas ingles en los Estados Unidos, literalmente, estás frito. En otras situaciones es más fácil arreglártelas con el idioma, como por ejemplo, en un restaurant. En cambio, cuando estás en medio de un problema, así sea pequeño o grande (como perder tu vuelo), las cosas cambian.
Se me acerca un señor, de unos 40 años, y me dice:
- Excuse me, Sir. Can I help you? I speak Spanish and English.
- Really?
- Yes.
- Of course, thank you so much.
No sé cómo se llama esta persona, lo único que sé es que tiene un acento mexicano, y habla un inglés fluido. Él estaba justo detrás mío, esperando su turno para que lo atiendan. Él me ayudo a solucionar la reprogramación de mí vuelo, y luego de esto me di cuenta que el asunto no era tan complicado como me lo imagine. Ahora no iba de Dallas a Chicago, sino más bien de Dallas a Miami, y después de allí a Chicago.
Mientras resolvía este pequeño inconveniente, Allison, ya estaba en Chicago, esperándome junto a su abuela y su tía. Llegué a Chicago a las 5:30 p.m., y luego emprendimos nuestro viaje rumbo a Iowa.
viernes, 25 de julio de 2014
RAGBRAI (I)
Viernes 25. En Iowa es verano, y éste está acompañado de summer rain (lluvias de verano). Según el reporte del tiempo (que algunas veces falla) hoy y los próximos días habrá mucha lluvia. Esto es raro para un sudamericano, y para un iowano es algo común.Mientras llueve cientos de ciclistas se encuentran pedaleando en el RAGBRAI, desde el día lunes. Este año (2014) es la XLII versión de este famoso encuentro de amantes de la bicicleta. Decir “amantes de la bicicleta” no es algo gratuito, porque en el RAGBRAI no sólo participan ciclistas profesionales, sino tambien cualquier persona que guste de este deporte de dos ruedas: niños, jóvenes, adultos mayores.
El RAGBRAI es toda una tradición en Iowa.
Me imagino que en el RAGBRAI deben de haber muchas cosas interesantes, y pienso que la mejor forma de averiguarlo es yendo al mismo.
Nota: las fotos son de la pagina del RAGBRAI. Ahi se pueden encontrar mas fotos, videos, y mucha informacion: http://ragbrai.com/2014/07/25/photos-waverly-to-independence/
Viajando por la "freeway"
El viaje duró dos horas y medias. Y lo que uno ve durante el viaje, además de autos y trailers, es mucho paisaje verde, mucho campo, mucho maíz y arboles. Iowa podría ser un pedazo de paraíso; o mejor dicho Iowa es uno de los tantos sinónimos de aquella palabra.
Llegamos a la casa de la grandma Bonny. Ella está en casa junto con Tracy y Tristan, ambos tía y primo de Allison. La grandma Bonny nos recibe con unos tacos mexicanos. También hay vino de Illonis. Nos reciben, sobre todo, con los brazos abiertos, y con mucho cariño. Quizás alguien se pregunte, porque nos reciben con tacos mexicanos y no, por ejemplo, con algo típico de este lugar. La respuesta es sencilla: la comida mexicana es la favorita de Allison.
He comido muchos tacos mexicanos, tanto así que ahora –por fin- puedo diferenciarlo de las enchiladas y las quesadillas, también mexicanas.
sábado, 19 de julio de 2014
Algo sobre On the Road
El cuatro de julio, yo y Allison, organizamos una fiesta en la casa. El motivo: el día de la independencia de los Estados Unidos. La idea fue de Allison, yo lo único que hice fue apoyar aquella idea, porque siempre hay más de un motivo para hacer una fiesta, y quizás el motivo más importante es ver a nuestros viejos amigos.
Aquel dia cuando llegué a la fiesta, ésta ya había empezado. Y, como en toda fiesta, llega un momento en que a uno le da la impresión que todos hablan con todos. En esta ocasión, fácilmente, se mezclaba, el inglés con el español. Algunos gringos hablando español, algunos chilenos hablando inglés. No obstante la diferencia idiomática, más de uno se las ingenió para comunicarse, o mejor dicho, para hacerse entender con la otra persona (incluso apelando a recursos efectivos como el conquistar a la otra persona).
Recuerdo que ese día sonó tres canciones de The Doors: el encendido Light my fire; la casi psicodélica LA woman; y Riders on the storm.

En mis más de treinta años debo decir que no conozco mucho sobre Jim Morrison y menos se sobre los demás integrantes de aquella banda, tanto es así que por un momento pensé que ellos eran de Inglaterra. Ignorancia, hoy, superada. The Doors es de los Estados Unidos. Luego, y esto es una curiosidad de parte mía, encontré otras cosas mas: Jim además de hacer música escribió poesía; murió muy joven (la mayoría dice por una sobre dosis); fue un lector de Jack Kerouac, poeta beat, fue el primero quien empleo la palabra beat para hacer una referencia a un cambio en la literatura norteamericana, o al cambio que él junto a otros escritores (entre ellos, Allen Ginsberg) estaban realizando a la literatura.
Más temprano que tarde, On the Road de Kerouac llegó a mis manos. El libro lo encontré a tres cuadras de mi casa. El libro no lo estoy leyendo en el idioma original (inglés) sino en una traducción al español de la editorial Anagrama. El traductor, Martín Lendínez, no obstante de adaptarlo a un español madrileño o al español que uno escucha en TVE, logra captar casi todas las emociones del libro, porque desde las primeras páginas uno ya es capturado por la prosa de Kerouac. Es más, uno, no necesita hacer mucho esfuerzo para seguir o captar las imágenes que el autor va desarrollando o mencionando. Hago esta referencia porque el mismo Kerouac cuando publico por primera vez esta novela (1957), era dificil de entender para los mismo lectores de habla inglesa.
En las primeras paginas de On the Road encontramos lo siguiente: “Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente nunca bosteza no habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz y todo el mundo suelta un <>”.
Cuando vuelvo a escuchar LA Woman es casi como tener la misma sensación de estar leyendo On the Road, y quizás esto sea algo nuevo que voy descubriendo de The Doors.
Aquel dia cuando llegué a la fiesta, ésta ya había empezado. Y, como en toda fiesta, llega un momento en que a uno le da la impresión que todos hablan con todos. En esta ocasión, fácilmente, se mezclaba, el inglés con el español. Algunos gringos hablando español, algunos chilenos hablando inglés. No obstante la diferencia idiomática, más de uno se las ingenió para comunicarse, o mejor dicho, para hacerse entender con la otra persona (incluso apelando a recursos efectivos como el conquistar a la otra persona).
Recuerdo que ese día sonó tres canciones de The Doors: el encendido Light my fire; la casi psicodélica LA woman; y Riders on the storm.

En mis más de treinta años debo decir que no conozco mucho sobre Jim Morrison y menos se sobre los demás integrantes de aquella banda, tanto es así que por un momento pensé que ellos eran de Inglaterra. Ignorancia, hoy, superada. The Doors es de los Estados Unidos. Luego, y esto es una curiosidad de parte mía, encontré otras cosas mas: Jim además de hacer música escribió poesía; murió muy joven (la mayoría dice por una sobre dosis); fue un lector de Jack Kerouac, poeta beat, fue el primero quien empleo la palabra beat para hacer una referencia a un cambio en la literatura norteamericana, o al cambio que él junto a otros escritores (entre ellos, Allen Ginsberg) estaban realizando a la literatura.
Más temprano que tarde, On the Road de Kerouac llegó a mis manos. El libro lo encontré a tres cuadras de mi casa. El libro no lo estoy leyendo en el idioma original (inglés) sino en una traducción al español de la editorial Anagrama. El traductor, Martín Lendínez, no obstante de adaptarlo a un español madrileño o al español que uno escucha en TVE, logra captar casi todas las emociones del libro, porque desde las primeras páginas uno ya es capturado por la prosa de Kerouac. Es más, uno, no necesita hacer mucho esfuerzo para seguir o captar las imágenes que el autor va desarrollando o mencionando. Hago esta referencia porque el mismo Kerouac cuando publico por primera vez esta novela (1957), era dificil de entender para los mismo lectores de habla inglesa.
En las primeras paginas de On the Road encontramos lo siguiente: “Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente nunca bosteza no habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz y todo el mundo suelta un <
Cuando vuelvo a escuchar LA Woman es casi como tener la misma sensación de estar leyendo On the Road, y quizás esto sea algo nuevo que voy descubriendo de The Doors.
domingo, 27 de abril de 2014
Se fue la tesis
Exactamente no sé cuántos libros haya leído para hacer mi tesis de magíster. Creo que fueron pocos (menos de los que figuran en la foto). Lo cierto es que releí bastante esos pocos libros. También conversé mucho con los amigos sobre la tesis. Cada conversación, indirectamente, me ayudaba a aclarar mis ideas, y en el mejor de los casos despejar dudas. Creo, sí, que la tesis pueda que tenga un autor, pero ésta está hecha por muchas personas.
Así como hay libros también hay otras cosas que acompañan en el largo -y a veces penoso- camino de la tesis, una de esas cosas es la música. Podría destacar a Lou Reed, y el siguiente tema:
Pd.- Aunque ya lo haya dicho, en varias ocasiones, debo agradecer a: a los amigos, a la ñusta, a la familia, los camaradas, a los bibliotecarios, a las secretarias, a los profes, a los correctores, a los evaluadores...
jueves, 26 de diciembre de 2013
Todo viajero siempre ha
deseado llevar un ligero equipaje para evitar un dolor de espalda o para no pagar sobre peso. Ante esto, cabe preguntarse, ¿qué llevar y qué no llevar? Uno
comienza con lo más básico (cepillo de dientes, desodorante, calcetines, etc.),
y luego termina llevando casi todo el armario.
Inicialmente mi equipaje era
una pequeña mochila (una que uso para ir a la universidad). Todo comenzó con
querer llevar dos botellas de vino blanco (ideal para estas fiestas de fin de
año). Luego, vino la ropa, los libros, la música, algunos regalos, hasta que me
di cuenta –ya muy tarde- que me faltaba espacio para más cosas, y terminé con
una mochila de “mochilero” que viaja a dedo.
Una vez en el aeropuerto de
Santiago escucho diferentes idiomas: inglés, francés, portugués, alemán, chino;
veo carritos de tres ruedas por todos lares; veo gente buscando gente; veo cafés
con mesas vacías; veo tiendas que venden regalos; veo teléfonos monederos; veo
cajeros automáticos.
Ya en la sala de espera la
gente no la pasa tan mal, todos conversan o si no duermen. Creo que más de uno
está predispuesto para la conversación, (o al menos ése día y a ésa hora así lo
estuvo).
-
Hola, ¿a qué hora sale tu vuelo?
-
Dentro de dos horas y media (2:30
a.m.)
-
¿Y el tuyo?
-
En media hora.
-
Maldito!
Se llama Silvana, es de Colombia, tiene 23 años, y me dice que no le gustó Santiago, y ahora se va a la Argentina a recoger sus cosas para luego irse a Colombia.
-
¿Y carreteaste?
-
¿Qué es eso?
-
Salir de fiesta, música, baile (aunque
se baila poco a diferencia de Perú y Colombia), cerveza, buena conversa y más
cosas.
-
No pude ir a carretear. Mi prima
llegaba muy cansada a la casa después de su trabajo.
-
Ahí está el problema. Santiago es
una invitación para hacer algo mejor que dormir. Por lo general, esta ciudad
vive de noche -le digo.
Mientras
conversamos, veo de reojo a mí alrededor y todos siguen conversando, otros
durmiendo. En sí, todos la pasan bien. El aeropuerto es un lugar para hacer
muchas cosas. No tanto porque uno así lo quiera, sino porque de lo contrario uno
se aburre (Silvana me dice que cuando se le terminó la batería del celular, comenzó
a sentir más largas las horas).
Es hora de
hacer el “check in”, y luego tengo
que hacer una fila para que registren mi equipaje. Tuve que esperar casi
cuarenta minutos para que me tocara mi turno, y como aquí no puedes hablar ni
dormir, los minutos se hacen largos. Una vez entregado mi equipaje, sentí un
gran alivio, pero creo que no debí cantar victoria, porque luego tuve que hacer
otras dos interminables filas: una para la revisión del equipaje de mano, y otra
para abordar el avión.
Una vez
sentado en el avión (¡por fin!) todo parece caminar solo. La gente acomoda su
equipaje de mano; otros se ponen a leer la revista que está delante del asiento;
las azafatas, siempre tan hermosas, no dejan de sonreír a los pasajeros.
Miro por la
ventana y hay más gente. Pero no exactamente viajeros. Son las personas que
suben nuestros pesados equipajes; otros están llenando el tanque de combustible
del avión; también hay carritos que tienen una luz de sirena color naranja, y
que andan de un lugar a otro.
El avión despega lentamente,
y yo comienzo a sentir cosquillas en el estómago. Quizás sea porque viajo
después de doce años en avión. Se eleva el avión. Me cuesta saber que estoy volando,
menos mal que ya no se me cruza por la mente aquella terrorífica idea de que
existe la probabilidad que el avión haga una viaje sin retorno.
Antes de
que se eleve del todo puedo ver el gran Santiago. Encuentro un agrado especial
ver a la ciudad sin su bulla habitual (la bocina de los autos, los motores de
los carros, las sirenas de las ambulancias). Ahora sólo veo cientos, miles, quizás
millones de luces que dibujan, algo así, como una gran isla en llamas. Y desde
aquí trato de buscar la casa de la Ñusta.
Si el bajar
del bus es lento, descender del avión es casi eterno. Todos quieren salir
primero, y quizás por eso mismo la fila no avanza.
Son las
4:15 a.m. y en el aeropuerto de Arica no hay gente hablando diferentes idiomas;
no hay gente durmiendo en el suelo. Hay menos gente conversando y pasándola
bien. Aquí las únicas personas son los familiares que vienen a recoger a los
suyos, y no hablan otro idioma que sea el español. Ah, también hay muchos taxistas
(“a tres lucas a Arica”).
Han pasado
más de dos horas y yo sigo en el Aeropuerto. Ya no hay más pasajeros, tampoco hay
taxistas. Creo que las únicas personas que hay en el aeropuerto, son: el personal
de una aerolínea, una señora y una chica de una cafetería, y yo tomando chocolate
caliente.
Comienza a
amanecer, y me doy cuenta que después de mucho tiempo que contemplo un amanecer,
sin alcohol. Y un amanecer en el Aeropuerto de Arica, es casi una tarjeta postal,
por la mezcla de colores que hay en el cielo (azul, naranja, amarillo, rojo
rojizo), por el imponente Morro de Arica, por esas nubes que se ven muy lejos;
por esos cerros de arena.
Llega mi taxi, y el conductor sube mi equipaje. Ahora mi destino es otro lugar. Uno en donde se mezcla mis recuerdos de niñez, las interminables conversaciones con los amigos; y los almuerzos familiares. Ése lugar se llama Tacna.
lunes, 21 de octubre de 2013
"despeinar a la academia"
"Una ruptura un tanto de lo cotidiano es una introducción a la fiesta".
R. Barthes
Los congresos estudiantiles
siempre han sido una buena instancia para actualizarse de lo que se viene discutiendo
en una determinada área del conocimiento. Al mismo tiempo, un congreso es la
excusa perfecta para hacer un viaje de turismo y para beber, bailar, en bares o
discotecas que difícilmente uno podría encontrar en su lugar de origen. Los
congresos sirven para todo; el mero hecho de viajar justifica la elección.
Pero también los congresos
académicos pueden ser instancias para legitimar un tipo de saber. Es decir, un
congreso puede convertirse en un mecanismo para legitimar discursos y prácticas
institucionalizadas, cuando debería ser todo lo contrario: ponerlas en cuestión.
No está demás decir que en cada congreso hay una estructura definida, en donde
se eligen “temas importantes o relevantes para la disciplina”. Y por si fuera
poco, se invita a connotados académicos para que puedan dar luces sobre dichos
temas, y éstos mientras vengan de lugares más alejados, mejor. Me pregunto, ¿a
quién le damos la palabra, y a quién la quitamos?, ¿qué temas tratamos, o sobre
quienes hablamos?
Esta descripción corresponde al congreso
promedio que abunda en el ambiente de la academia. Afortunadamente, hay otro
tipo de congresos, y éstos prefieren una denominación más simple y menos
ambiciosa: jornada, seminario, encuentro, taller, etcétera. Aquí las reglas se
alteran, y se eliminan formalismos innecesarios, y quizás con eso ya se hace mucho,
porque nos brinda la posibilidad de ver que otras instancias son posibles.
Acabo de participar a uno de
estos congresos. Me invitaron, sin anticiparme lo suficiente de la dinámica del
seminario (Felipe, organizador del seminario,solo me dijo: "queremos despeinar a la academia"). Cuando llegué había prácticamente una fiesta, y eso era apenas el coffee break. En las mesas de discusión
se prescindió de los títulos académicos con el propósito de hablar de tú a tú,
y no de “estimado doctor” a “estimado estudiante”. Hubo algunas cosas pequeñas
y curiosas como por ejemplo la presencia de una botella de pisco sour helada,
algo propicio para la tarde calurosa que se comienza a sentir por estos días en
Santiago.
Cuando me tocó intervenir, por
respeto al público evité leer la totalidad de mi trabajo. Sólo plantee el tema,
y las ideas centrales, para que a partir de ahí se tejiera un dialogo. Y vaya
que sí la hubo.
Los organizadores me comentaron
que organizar este seminario, con esta particular dinámica, fue prácticamente
arriesgarse. Arriesgarse de que viniera poco público, o que la respuesta del
público no sea la esperada. Pero ni lo uno ni lo otro ocurrió. Hubo mucha
concurrencia y amplia aceptación.
Ojalá hubieran más de este tipo
de seminarios, y así la academia estaría más relajada para pensar.
lunes, 16 de septiembre de 2013
Dos días y medio
En el anterior post señalé que sí
existe un paraíso, y ese se llama “Playa Ensenada”. En este post no quisiera
hablar de la playa en sí. Me gustaría contarles cómo llegué y qué hice en
este pequeño paraíso.
Vicente, amigo y compañero de
estudios, en el verano me invitó, junto a otros amigos, a pasar unos días en su
casa que está en la playa Ensenada. Por diferentes circunstancias -o planes que
cada uno tenía- no fuimos a la playa. Este mes, nuevamente, Vicente nos hizo la
invitación para ir a la playa. El motivo: su cumpleaños número 27. Sin pensarlo
dos veces acepté la invitación.
Además de querer compartir un momento
de diversión, como es el cumpleaños de un amigo, debo de confesar que tenía unas
ganas enormes de salir de la ciudad. Quería “desconectarme”. Pues mis días no
solo se habían vuelto rutinarios, si no también me estaban consumiendo de a
pocos. Esta rutina no consistía en tener un horario fijo de entrada y salida del
trabajo –que no es tan grave, o motivo suficiente para alarmarse-. Mi rutina era
tener muchas cosas en distintos lugares, y en diferentes horarios. Momentos para
la lectura o escuchar música eran desplazados por la urgencias laborales.
Salir de Santiago por la
autopista era un gran alivio. Justo a esa hora (6:00 p.m.) había un “taco” (congestión
vehícular), por lo que salir de Santiago fue lento, y no doloroso, porque esa
lentitud hacía que yo esté muy consciente
de que me estaba alejando, poco a poco, del gran Santiago.
Ya en la casa de Vicente, no está
demás preguntarse ¿cuál es el plato infaltable para un cumpleañero, como Vicente,
una persona además de ser muy trabajador y amiguero, es extremadamente cortes
con los amigos? Pues un delicioso asado. Y vaya que si los hubo, y no faltó nada
aquel fin de semana.
Yo había decidido comportarme moderadamente
con el delicioso vino tinto. Es decir, bajar mi consumo promedio de dos botellas de vino a una. Y creo que lo cumplí, ya que al día siguiente, al
pasear por la cocina o el living o la terraza, yo era prácticamente el único a
esas horas. Varios de las personas comenzaban a desfilar después de las 11:00
a.m. Yo minutos antes de las ocho ya estaba de pie
y con una taza de té caliente en la mano frente al mar.
Estar en la terraza de la casa de Vicente me
brindaba una cita con el mar. Mirar el horizonte era prácticamente perderse en
él. Ver a las gaviotas, ver las rocas, y respirar la brisa del mar era
prácticamente embriagarme de naturaleza. El único lenguaje era el silencio, o
mejor dicho los sonidos de las olas.
Fueron dos días y medio cerca del
mar, y sentirme como siempre hubiera estado aquí, sólo que me
había ausentado un momento para ir a comprar pan a la ciudad y me demoré más de lo debido.
Recuerdo que en una conversación con un amigo, sobre las bondades de este paraíso, llegamos a la sana conclusión
de que proponerse escribir aquí, y no poder lograrlo, es imposible. En ese sentido, me
animé a tomar lápiz y papel. El resultado es lo que sigue:
Sábado 07 de septiembre
“El verano tardó, pero llegó”.
“Qué trataran de decirme las olas
que nunca se cansan de decírmelo”.
“Las rocas bañadas por las olas
revelan la fragilidad de mis ojos”.
Domingo 08 de septiembre
“El viento del mar, qué más
hermoso. Juega con todo lo que se le cruza, juega con las olas, las gaviotas, la
arena, las plantas, y hasta conmigo”.
Ahora que estoy en el gran Santiago,
afortunadamente, aun no del todo sobre la rutina, encontré un maravilloso libro
cuya temática es el mar. Es el primer libro de poemas de Rafael Alberti (1902-1999) que se
llama “Marinero en tierra” (1924). Ahora que estoy lejos del mar, me identifico con el
siguiente fragmento:
“Si mi voz muriera en tierra
Llevadla al nivel del mar
Y dejadla en la rivera”.
Rafael Alberti
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