jueves, 18 de julio de 2013

SANTIAGO

Podría llamarla la ciudad del vino,
Podría llamarla la ciudad de la cordillera,
Podría llamarla otoño.
Esta ciudad siempre está desnuda,
Y nunca te pide algo a cambio.
Te come y te vomita,
Te acaricia y te ama.
Puedes nacer de verdad en esta ciudad,
Puedes estar siempre solo con Santiago.

Bolsillos y zapatos

A veces llegamos hasta donde llegan nuestros bolsillos,
Y las puertas se cierran antes de tocarlas.
Otras veces llegamos hasta donde llegan nuestros zapatos
Y ya no podemos regresar ni avanzar.

lunes, 27 de mayo de 2013

Apuntes autistas de Fuguet


Cuando a Michel Foucault le preguntan: “¿qué es un libro?”. Él responde: “Una caja de herramientas”. Si. Una caja de herramientas para que cada quien lo use como mejor le plazca o lo adecue a sus intereses.

Sin embargo, el hecho que un libro sea una caja de herramientas significa muchas cosas. Una de ellas está referida a que no hay que idolatrar a los libros. Hay que disolver aquel respeto cuasi-reverencial a eso que llamamos libro. Otro significado, y el que me gustaría destacar, es el referido al libro como herramienta del lector (sea este, estudiante, escritor u otro).

De lo anterior el libro herramienta deja de ser un fin en sí mismo y se convierte en un medio. Ahora, como herramienta, uno lo utiliza para fabricar -digámoslo de esta manera- un artefacto cultural (un libro, un ensayo, un artículo, etc-). O para decirlo de manera radical, y citando al mismo Foucault, hay que ver a los libros como una bomba molotov que ayude a derribar obstáculos para que uno siga avanzando en su camino.

Podríamos agregar un tercer sentido al libro-herramienta, y es el referido a que al ser el libro una  caja de herramientas implica significa que su uso adecuado dependerá mucho de la experticia del lector. Es decir, las bondades del libro-herramienta serán bien aprovechadas siempre y cuando el lector sepa utilizarlo con sus propias manos. Con esto no quiero decir que hay libros sólo para una determinada casta. No. Lo que trato de decir es que hay herramientas (libros) que los utilizamos de inmediato y, también, hay otras herramientas que requieren paciencia para poder usarlos como herramientas (creo que aquí los manuales pueden ser inútiles).

El libro Apuntes autistas de Alberto Fuguet, publicado el año 2007, es perfectamente una caja de herramientas para uso inmediato. Las herramientas que ofrece Fuguet no es para un público erudito o un público especializado en literatura, sino más bien para un público que recién comienza a recorrer los precipitados senderos de la escritura; que está interesado en el “detrás de cámaras” de la escritura. Esto no hace menor al libro, sino más bien todo lo contrario, hace justicia al título que lleva el libro (Apuntes...).

Apuntes autistas puede ser visto de diferentes maneras. Para mí se acerca más un hermoso collage de ideas, entrevistas, crónicas, historias, relatos, testimonios, etcétera. En donde abundan muchos datos valiosos, sobre todo, los referidos al tema de la iniciación de la escritura.

Desfilan en el libro muchos autores latinoamericanos y norteamericanos. Así como también directores de cine y guionistas. La combinación de esos dos mundos, cine y literatura, está bien hecha, gracias a la pluma de Alberto Fuguet.

Por último, este libro-herramienta, también puede devenir en un libro-mapa. Lo digo porque de principio a fin son muchas las ciudades que Fuguet menciona, principalmente, Santiago, Nueva York, California, Austin. La relación no es casual, sino más bien coincidencia, ya que el autor vivió en California y Santiago (actualmente radica en esta ciudad). Entonces, el lector podrá recorrer algunas calles o avenidas de ésas ciudad, o librerías o salas de cine, con un guía de lujo.

miércoles, 8 de mayo de 2013

crónica de una marcha anunciada


- "¿Vas mañana a la marcha?", dice un mensaje de texto que me acaba de enviar Vicho.
La pregunta no es menor, ya que una marcha estudiantil aquí en el Gran Santiago significa experimentar el acto de inundar las calles; de tomar un "baño de multitud"; de bailar al ritmo de la batucada; de comer limón con cáscara antes que me llegue al rostro el gas lacrimógeno.
Miércoles 11:00 hrs. me encuentro en la Alameda marchando por una educación pública, gratuita y de calidad. Vicho, muy puntual, también. Pero además de nosotros hay miles de miles de personas congregadas por esta causa (según los organizadores 80.000 personas).
Una marcha estudiantil puede ser vista como un termómetro social, porque mide desde el grado de indignación hasta el grado de conciencia de los derechos ciudadanos. En ese sentido, esta marcha demuestra que los estudiantes no piden sino más bien exigen un derecho fundamental: educación-pública-gratuita-y de calidad.
Pero las marchas aquí a diferencia de Perú, no se reduce al grito y a las "palmas compañeros". Es una fiesta. Hay grupos de batucadas, de baile, de danzas de pueblos originarios. No es necesario gritar toda la marcha, ya que cambiando lo que hay cambiar eso sería una procesión (como ocurre en Perú). Según Vicho, a inicios de los '90 la marcha se vuelve más "entretenida". Así es que guardo la esperanza que algún día ese cambio pueda darse también en Perú.
Me encuentro con otro amigo, Joaquín, y me dice que recién el año 2011 en adelante el tema de la educación se convierte en un tema central para el Estado, aunque ello no signifique que se haya resuelto los principales problemas de fondo. Y justamente por eso ahora estamos marchando, para conseguir las principales reformas, una de ellas, el acceso universal a la educación para todas las personas de forma gratuita y que sea de calidad, ya que actualmente ser profesional en Chile implica endeudarse casi de por vida para financiar una carrera profesional.
Mientras vamos avanzando, Vicho se encuentra con un grupo de amigos, entre ellos, hay una alemana. Se llama Patricia, es profesora de educación diferencial y habla un español-chileno casi perfecto. Ella me cuenta que le gusta las marchas, yo respondo que a mí también, y que si en un mes no se organiza otra  pues lo organizaremos los dos. Se ríe, y me muestra una hermosa sonrisa adornada con dos ojos azules. Patricia me dice que lo único que no le gusta de las marchas es la intervención salvaje de la policía con el uso de gases lacrimógenos.
- Allá en Alemania -dice Patricia- la policía antes de intervenir con gases lacrimógenos da un aviso para que  la gente pueda retirarse (por ejemplo, madres con hijos), y no quede "la cagá". Yo quedo sorprendido con lo que me cuenta, mientras aquí la policía es sinónimo de excesos, allá, en cierta forma, es sinónimo de orden, incluso antes de reprimir a los manifestantes.
Llevamos casi dos horas marchando y al fin llegamos al final del recorrido. En el escenario está cantando Manuel García. Hay muchísimos tarareando la letra de sus canciones. Pero, a un costado del escenario, hay un enfrentamiento entre "encapuchados" y la policía. Estos últimos comienzan a lanzar gases lacrimógenos y a usar un carro lanza-agua para dispersar, no sólo a los encapuchados, sino a todas las personas que marchamos.
Ante esto, Vicho, de manera muy razonable, me dice, "vamos antes que quede la cagá". Yo respondo vamos, hoy no traje limones.

Me preguntaba

Me preguntaba de qué color era tu pelo. Era tan oscura mi pieza que para caminar había que usar el celular, desafortunadamente, aquel día, el aviso de corte de luz llegó antes que tu visita.
Cuando desperté ya no estabas, lo único que encontré fue unas manchas de pintalabios en mi cuello y varias marcas de tus uñas en mi espalda.
Ahora que lo pienso nuevamente, echado en mi pieza oscura, quizás solo fuiste un sueño. O mejor dicho un recuerdo que solo se hace presente en mis sueños.

jueves, 18 de abril de 2013

pequeñas notas de otoño


METRO EN HORA PUNTA
Son las ocho y media de la mañana, y me encuentro en la estación de metro Baquedano. Mientras camino rumbo al andén para subir al tren, veo que muchas personas no caminan, sino corren. La meta es lograr subir, a como dé lugar, al tren.
Se abren las puertas del tren, y un río de gente sale. Después de esto, un tsunami de gente entra con fuerza al tren. Una señora, de unos 70 años, dice: “estos no parecen humanos”. Yo intento hacer un comentario a la señora, pero su rostro es ya una respuesta anticipada a lo que no alcanzo a decir.
PARQUE FORESTAL
Las hojas de los árboles, por estas fechas en Santiago, no son verdes sino más bien doradas. Pasear por el Parque Forestal es casi un espectáculo. Corre una ligera corriente de viento, y junta a ellas cientos de hojas la persiguen.
El sol más que un enemigo de verano, ahora es un adorno del día que ofrece su grata compañía. Cuando las nubes toman por asalto el cielo, el día comienza a hacerse corto, y de repente todos quieren irse a casa.
BIBLIOTECA DE PROVIDENCIA
La señora del aseo de la Biblioteca dice con cierto enojo: “los chicos sólo vienen a comer a la biblioteca, ya no vienen a estudiar. Aquí duermen, comen, tienen agua, baño, confort, toalla nova, electricidad… No les falta nada”. Cierto. La biblioteca puede ser para algunos su segunda casa. Aparte de estudiar, está también la conversa con los amigos; el fumarse un pucho cada cierto rato; el almuerzo en la calle; el café de 400 pesos; la ensalada de frutas de 800 pesos que venden en el mercado que esta a lado; la chica que aún no le hablas, pero que ya cruzaste más de una mirada; las peleas por el ruido causado por alguien que –pequeño descuido- olvidó apagar o poner en vibrador el celular; la dulce siestecita sobre la mesa, (siempre y cuando no ronques, ya que la mínima bulla es detectada con facilidad por los demás).

Estas, por ahora, son algunas pequeñas notas de Otoño.

domingo, 10 de marzo de 2013

vendedor part-time



- Y tus vacaciones, ¿qué tal? –me pregunta Sergio.
- Pues, leyendo todo lo que no pude leer el año pasado y claro, también, trabajando –respondo yo.
- ¿Dónde estuviste trabajando, perro?
- En el Portal La Dehesa, como vendedor part-time.
- Eso queda muy arriba y muy lejos de Santiago -comenta Sergio, con cierta mezcla de sorpresa y nausea.

Ahora que me pongo a pensar otra vez, La Dehesa, es otro mundo a comparación del centro de Santiago. O una galaxia diferente a otras comunas de Santiago (La Pintana, Puente Alto, por citar unos ejemplos). No sólo por la distancia o porque está en las faldas de la Cordillera de los Andes, sino más bien por la gente que vive allá arriba y lejos de Santiago. Es gente con un estatus socio-económico alto; high, para los que gustan utilizar vocablos en inglés para describir una situación determinada –que por cierto no son pocos en Santiago.

Esta gente no se moviliza en el Transantiago, odiado por el 99% de la población, y querido sólo por un 1% (los dueños de las empresas de buses). La gente de La Dehesa usa auto, camioneta, bicicleta, patineta, o cualquier otro medio de transporte, pero nunca usa el tan odiado y poco querido, Transantiago. Todos los domingos viajaba una hora y media desde mi casa (Santiago centro) hasta La Dehesa, arrumado como si estuviera en una lata de sardina, junto a varias personas que en más de una oportunidad tuve que soportar un codazo en la espalda o una rodilla en la cabeza, e incluso un toqueteo indecente de una viejita que fácilmente podría ser la esposa del viejito pascuero.

La gente que vive en el sector de La Dehesa no tiene reparos en pagar $200.000 en una visita relajante al supermercado, o pagar $80.000 pesos por un pedazo de tela que después que le caiga una gota de vino tinto, quizás no la vuelva a usar.

Pero, más allá de las lucas que puedan o no tener (lo segundo caso es poco probable), esta gente es relajada. O quizás me equivoque, o mi punto de vista este un poco sesgado, ya que al trabajar como vendedor en un mall, la gente ya llega relajada porque, valgan las verdades, ir de compras es casi tan placentero como una fantasía sexual hecha realidad (de lo contrario, las compras solo se harían por internet, pienso).

Recuerdo que una vez me tocó atender a una señora de cincuenta años, pero por su comportamiento –risas por aquí y risas por allá- parecía de treinta. Hablaba todo el rato por celular. Cuando le di el monto de su compra ($500.000 pesos) parece que no me escucho, o quizás ya estaba acostumbrada a escuchar esos numeritos con varios ceros, poco usuales para un santiaguino promedio. Después me paso su tarjeta red compra. Una vez aprobada la transacción de la venta, le devolví su tarjeta, a la señora de cincuenta años pero que parece de treinta, la tomó y se fue de inmediato. Y esto quizás me hace pensar una vez más que la gente de La Dehesa es tan relajada (y distraída) que hasta se olvida su comprobante de pago por $500.000 pesos.

jueves, 24 de enero de 2013

Carta a un familiar


Querido Primo:
Me acabo de cambiar de casa. La anterior, como te conté, la compartía con cuatro personas, y los conflictos siempre eran los mismos: ponernos de acuerdo para usar la ducha; pelearnos por la cocina; los carretes (fiestas) durante la semana. Aunque debo de precisar que esto último terminaba uniéndonos, y nos hacía olvidar las otras dos cosas.
Ahora vivo en un departamento para mí solo. Quién lo iba a pensar. Yo que siempre viví acompañado de la familia y amigos, sean estos conocidos o desconocidos. La gran ventaja de vivir solo es que nadie te hace levantar en la mañana, pero -al mismo tiempo- la gran desventaja es que como nadie te despierta, puedes llegar tarde al trabajo (me pasó la semana pasada, y ahora ya no me fio de los despertadores).
Al acomodar mis cosas en mi nuevo departamento fui sacando los libros y sin darme cuenta vi que ya tengo algo de treinta y dos libros. Todos de literatura, excepto uno que es de derecho. Una vez terminado esto, instalé el netbook en el escritorio. Todo esto me hizo recordar a tu viaje a Córdoba, Argentina, hace siete años. Te ibas –recuerdo- decidido a terminar tu novela. En tu maleta había solo dos cosas: libros y una máquina de escribir. Necesitabas un espacio y, sobre todo, un ambiente estimulante para escribir. Eso, Lima, no te lo ofrecía.
Recuerdo que no duraste mucho tiempo en la Argentina, las dificultades económicas te hicieron retornar, pero luego me confesaste que ésa no fue la razón, sino más bien fue la nostalgia por el Perú lo que termino haciéndote cambiar de decisión.
En mi caso, no sé si me vine a Santiago para escribir sobre el Perú, con la distancia y a la distancia que uno necesita para escribir algunos recuerdos o historias. Tampoco sé si me vine “a probar suerte”. (La suerte puede ser más una compañía que un norte). Solo sé que me siento bien en Santiago. Me gusta sus árboles gigantes hechos de cemento; el alboroto de su gente antes y después de salir del trabajo; el ruido de sus calles y avenidas; sus peatonales: Ahumada, Estado y Huérfanos; el hormiguero de autos cuando hay fines de semana largos (como el dieciocho de septiembre); su atardecer de verano que parece que alguien hubiera derramado una copa de vino en el cielo; su río Mapocho que más parece una vena sin el cual el corazón de la ciudad no funciona; su cordillera; su vino. Lo único que quizás no me gusta son las filas largas que uno tiene que hacer en los supermercados. Esto aparte de desesperante, da la sensación de estar secuestrado –en cierta forma- voluntariamente. Otra cosa que no me gustaba era encontrar más cajeros automáticos que teléfonos públicos, hasta que abrí una cuenta de banco y compré un celular.
Quizás quieras saber más de Santiago, por ejemplo, cómo son los santiaguinos y las santiaguinas (o cómo es el trato entre chilenos y peruanos), pero de eso ahora no puedo comentarte, prefiero hacerlo en otra carta para así poder explayarme más.
Un abrazo hermano!


sábado, 3 de noviembre de 2012

Al día siguiente de la celebración del Descubrimiento de América (12 de octubre), comenzaba un encuentro de músicos cultivadores de la música andina de Sudamérica, estos músicos, por sus instrumentos, son conocidos como "Lakitas". Hubo bandas de Iquique, La Serena, Santiago y  Buenos Aires. La fiesta se realizó en el Cerro Blanco de Santiago, duro dos días, y los que participamos en dicha fiesta seguimos celebrando de esta fiesta andina, pero en nuestros corazones.


ritual del pago a la pachamama

 noche de bienvenida al 4to. encuentro de música andina, Lakitas

segundo día de fiesta (8:00 a.m.) 

hermanos lakitas de Argentina

Pancha, Pancho y un músico despidiéndose antes de partir

 músico andino